Soñó toda la noche con ese abrazo del amante de otrora, cuando estar cerca de él le quitaba la respiración. Era tan apretado el cerco de sus brazos, que sentía crujir las costillas y el aliento cercano de su respiración. El despertar fue brusco: desalentadoramente sola, sin atreverse a tocar la rudeza de su barba ni sentir el cosquilleo de sus piernas por sobre ella, aunque él estaba dormido a su lado. La realidad se impuso. Mujer mal amada, mal abrazada, malquerida. Se levantó de un salto, para mirarse al espejo. Veía cómo la infelicidad le implantó una máscara. –Ladrón, ¿a dónde te llevaste mi risa cantarina?